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Se les rompió el amor

crítica teatral de 'Lo que queda de nosotros'

José Manuel Ruiz Martínez

Foto: Rafa Simón

Lo que queda de nosotros —“una comedia sobre el desamor”, según reza el subtítulo— trata, como puede deducirse, de la relación de pareja y de cuándo, cómo y por qué comienza a deteriorarse, y aquello que se inició de forma tan prometedora se ha convertido en tedio o en odio.

Lo que queda de nosotros. Producciones Al fresquito. Autor: Daniel de Lima. Dirección: Vanessa López y P. Lomba
El autor de la obra demuestra valor para atreverse a tratar un tema tan transitado y pretender darle algún sesgo nuevo, dejando aparte el hecho de dar por cierta la tesis de que las relaciones de pareja inevitablemente están abocadas al fracaso, tesis que ha resultado muy productiva para el arte pero que no es ineluctablemente verdadera en la realidad (en un momento dado, el protagonista se lamenta de que las novelas y películas nos han dado una idea falsa del amor como felicidad o plenitud; no es menos cierto que lo contrario, la visión cínica de éste, es ya igualmente, si no más, patrimonio de la ficción).

La obra está construida como una sucesión de diálogos entre una pareja, que se alternan con una suerte de escenas de contraste o transición en las que los dos actores realizan movimientos escénicos (se mueven acompasadamente, simulan momentos de cortejo, baile, pelea, cotidianeidad conyugal) sin palabras, acompañados de música, que vienen a subrayar o continuar el diálogo por otros medios. El producto resultante no termina de funcionar; por emplear una frase hecha, “la infantería no llega y la caballería se pasa”; esto es: los diálogos resultan excesivamente convencionales, e incurren en lugares comunes acerca que todos conocemos acerca de las relaciones de pareja (si bien a veces consiguen arrancar alguna risa al espectador); por contraste, el movimiento escénico es en exceso ambiguo y no siempre queda clara ni su función en la obra ni su relación con las partes habladas. Sin embargo, en otras ocasiones aparecen guiños absurdos en el diálogo y son las escenas mudas las que caen en el tópico, como aquélla en la que ambos protagonistas escenifican el tedio por medio de incomodarse mutuamente en la cama quitándose el edredón, o roncando… Tanto si el divorcio entre estos dos aspectos de la obra, el hablado y el mímico, es deliberado, como si es inadvertido, la impresión final es de deslavazamiento; si el resultado final pretendía ser ambiguo, acaba resultando desconcertante y algo aburrido. Da la impresión de que el texto —cuyas conversaciones nunca se rematan o conducen a algún lugar (pero esta indeterminación no parece deliberada, artística)— se quedaba corto, y que era preciso prolongar el espectáculo con escenas de expresión corporal que se hacen demasiado largas.

Dos actores, un hombre y una mujer, llevan el peso de la obra (ella más suelta y natural, él, más impostado). Su trabajo y su esfuerzo resultó notable a lo largo de ésta, sobre todo en las escenas físicas, y su entrega a la obra fue absoluta. El problema es que servían a un texto y a un planteamiento escénico que requerirían un trabajo de ahondamiento, pulido y depuración.


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